Los desertores: crónica de una cuarentena anunciada

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Una ventana, no muy alta, no muy ancha, no muy grande. La habitación se baña con una tenue luz, la misma que divide la sombra del edificio gris que reposa todos los días frente a la cornisa del departamento en el que pierdo la noción del tiempo.

Aunque la luz es rosácea y tiene destellos anaranjados, no distingo si desperté al borde de la tarde o durante el primer pistoletazo que retumba una mañana que no hará diferencia alguna en el calendario; he olvidado tachar los días, creo que es jueves. Me desata una ironía pensar que el tiempo no es condescendiente. Sin embargo aquí estoy, moldeándolo a mi placer; puedo ir y dormir, o bien comenzar el día. Pronto el tiempo mismo me revelará la verdad, si será la luz o la oscuridad quien me acurruque ahora. Las aristas de la habitación se deforman, ya no existen los vértices y todo parece trasladarse, hasta pasar de un cubo a un círculo.

Toda mi ilusión atemporal se derrumba cuando el niño me jala de la camisa, miro hacia abajo y encuentro sus ojos redondos, negros. Sus cejas comienzan a poblarse y no tiene dos dientes, uno abajo y uno arriba. Su cabello ha crecido un poco y perdió la forma de bacinica, ahora cubre casi toda su frente; pronto habrá que recortarlo. En realidad no lo conozco, sé que sus padres – antes de la pandemia, antes de que se los llevaran – le decían “Tití”. Nunca entendí el porqué, siempre lo miraba saliendo en el pasillo, junto a su familia; todos vestían bien, de colores oscuros y telas finas. Tití toma mi mano para guiarme al baño, una sensación familiar me recorre. Pasando por la sala, descubro que no he limpiado en semanas, pero eso no es lo más extraño, sino que todo sigue igual, a pesar de no haber sacudido o escombrado.

En la casa procuro poner música, para amenizar el hecho de que quizás estemos encerrados para siempre. Estampes: 1. Pagodes. Modérément animé, de Claude Debussy suena en un gramófono, pero nada de esto es nuestro, es de la vecina que vivía a dos departamentos del mío; tuve que abandonar mi piso, pues me recordaba mucho a ella, de quien no diré nombre por respeto. «¿Cuánto tiempo estuve de pie en la ventana?», deliro mientras la sinfonía retumba. Muchas cosas dejan de hacer sentido cuando comes arroz ‘La Nuestra’ por más de un mes. Llegamos al baño, entonces Tití baja la tapa del inodoro para subirse en ella y ver mejor por la ventana cuadrada. Fuera de ella, un pájaro marrón agarra fuerzas para seguir volando; limpia sus alas con el pico y brinca inquieto sobre su propio eje, se sabe observado y envidiado. Mientras admiramos al ave, el día esclarece. «Ojalá hubiera sido de noche, así es un día más a la cuenta», pienso. El animal termina de asearse y emprende el vuelo, se pierde entre los duros edificios, como si el mundo nunca se hubiese derrumbado. 

– ¿Por qué el si puede estar afuera? – pregunta el niño. 

– No sé. – contesto con voz ronca y oxidada, tenía muchos días sin usarla. 

– ¿Cuánto tiempo va a durar esto? 

– No sé. 

– ¿Voy a ver a mis papás otra vez? 

– No sé. 

Salgo del baño, le doy un poco de privacidad mientras llora en silencio. Arrastrando los pies, alcanzo el sillón y me dejo caer; los resortes rechinan y polvo brinca de los cojines.

Enciendo la televisión, los programas de noticias tienen ahora una fecha en la esquina superior izquierda de la grabación. Todas son repeticiones. Cada tercer día, transmiten el fútbol; ya todos sabemos quien remontaba en el último minuto, pero todavía escucho los gritos de los vecinos en el piso de abajo cuando se acaba el partido.

Aún tengo la esperanza de que las cosas cambien, dejar de pertenecer al equipo perdedor. Una vez más, la voz de Tití me llama. Sigue en el baño, ahora está de puntillas en el mismo lugar y puedo ver la mugre negra que se acumula en la planta de sus pies. «Hay un desertor», susurra y posa su dedito índice en el vidrio. Así le llamamos a las personas que no aguantan más encerrados o los que se quedan sin comida. El niño tiene razón, como de costumbre; un hombre salió del edifico y ahora camina por el asfalto. Se detiene por un momento y, mirando hacia arriba, se despide de dos mujeres y una niña que lo observan desde un edifico como el nuestro. Al llegar a la vuelta de la esquina, se desploma y cae de cara contra el pavimento. Ahora sólo puedo ver sus pies, descansado. «Un día de esto seré yo quien salga a la calle y miraré a Tití por última vez, espiándome desde una ventana no muy alta, no muy ancha, no muy grande», imagino mientras las mujeres lloran frente al vidrio.