Mujeres juntas para que no haya más difuntas

En el colectivo se diluyeron los protagonismos. Se sintió todo, menos la amenaza, el temor. Nos arropamos, nos cuidamos, nos compartimos.

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Foto: Fernanda Valdés

Por: Fernanda Valdés

¿Vas a la marcha?, ¿tú con quién vas?, ¿de dónde van a salir?, ¿en qué contingente irás? ¿me les puedo pegar? Leí que hay que apuntarse en el brazo un teléfono de contacto y tu grupo sanguíneo.Nos vemos en mi casa, estaremos un rato ahí y después nos vamos a marchar.

Ellas son mis primas, ella es mi amiga, dos sorbos al café y las desconocidas nos conocimos, nos reconocimos en nuestros relatos, que diluyeron las diferencias de edad y condiciones.

“Justo para esto sirven estos ejercicios, para darnos cuenta de todo lo que tenemos en común, de todo aquello de lo que todas estamos hasta el gorro”.

Un mezcalito antes de salir, no para armarnos de valor, sino para celebrar el encuentro.

Salimos de la casa de Lucía y de camino a la estación del metro, nos encontramos con muchas otras mujeres vestidas de morado, sin necesidad de decir nada, supimos que íbamos juntas.

¿Dónde nos bajamos? Donde bajen las demás, y en esa certidumbre desapareció la incertidumbre de no saber hacia donde ir.

Subimos alegres al vagón, sin temor de lo lleno que iba, sin preocuparnos por la cantidad de cuerpos que un solo espacio iba a contener, sin preocuparnos por lo que podría pasarle a esos cuerpos, sin afianzarnos a la cartera, sin vigilar, sin miedo.

Estábamos emocionadas y sonrientes y en cada estación, al abrir y cerrar las puertas, dimos la bienvenida ¡venga chicas!, ¡hagan cancha que viene un bebé!, ¡bajan!… ¡se va a caer! y si, lo único que dejaríamos caer en ese momento, era el patriarcado: ese sistema fallido, que hoy, frágil, contrasta con toda la fuerza que ayer sentimos y que ahora tenemos que transformar.

En el camino hubo quien cedió su lugar a una señora mayor, otra mujer que no iba a la marcha nos deseo éxito, la chica de al lado nos compartió de su glitter y en medio de risas dijimos: no deberíamos gritar “venga chicas” deberíamos gritar “venga gigantas, venga enormes” porque eso es lo que somos cada una de nosotras.

La ruta la trazamos con el flujo de quienes aún antes de los puntos de encuentro ya íbamos marchando, la gente que estaba en los contornos nos veía pasar y hay que decirlo: mientras nosotras avanzábamos decididas, había rostros a nuestro alrededor con cara de “susto”, no porque hubiera violencia, no porque fuéramos haciendo destrozos ni provocando, ese “susto” con cierta dosis de morbo en la cara de algunos varones, emanaba ni más ni menos, de algo que en el fondo ellos también sabían: sí, las mujeres juntas damos miedo, porque somos poderosas y capaces y fuertes, y eso, es lo que por cientos de años, nos han querido prohibir.

Pero también hay que decirlo, hubo hombres que marcharon, esposos, padres, hijos, algunos se mantuvieron en los márgenes, sin que ello significara hacerse a un lado y, reconociendo, que de este despertar, nosotras fuimos absolutas protagonistas.

Ya salieron las primeras, las de allá son más radicales, integrémonos aquí. Comenzamos a avanzar, a cantar, a aplaudir, a aprendernos las consignas, a hacerlas nuestras al repetirlas. “Si se ven, si se ven estas sillas si se ven”, “Hermana escucha, esta es tu lucha” y entre muchas otras, la que se queda grabada para siempre:

“Señor, señora, no sea indiferente…” y persiste, porque es un mensaje absolutamente poderoso: no ser indiferente es dar un paso adelante para que las cosas cambien.

A lo largo del recorrido vimos pintas, mujeres traspasando las vallas con las que cubrían los monumentos, pero en ningún momento sentimos miedo, las diferencias entre opiniones, posturas, clases, extracciones, simplemente desaparecieron para darle espacio a la sororidad, “yo no pintaría”, “pero entiendo que lo hagas”, “yo no grito palabrotas, pero hoy las creo necesarias”, “pasen ustedes primero, si tienen que romper, rompan”.

Lo que te duele, me ha dolido, lo que aprendí, te lo comparto, donde estás, estuve, donde estoy, podrías estar.

En el colectivo se diluyeron los protagonismos. Se sintió todo, menos la amenaza, el temor. Nos arropamos, nos cuidamos, nos compartimos.

Cada tanto nos detuvimos y con los puños en alto hicimos silencio: un silencio adolorido, reflexivo, ensordecedor, por todas aquellas a quienes han silenciado, volvimos ese espacio un homenaje, un compromiso.

Ningún reclamo, ninguna exigencia fue pequeña, ningún acto innecesario. En domingo nos vestimos de morado para hacer historia, cobijadas por la belleza de las jacarandas, enmarcadas en monumentos y edificios que nos acompañaron en el recorrido, le dimos a la ciudad, a nuestro país y al mundo entero, una imagen lo mismo ineludible, que estremecedora y bella: dicen que ayer encendimos el incendio, yo lo que siento, es que empezamos a pintar con nuestros colores un paisaje del que ahora nos sentimos dueñas.

Que nadie diga que con la marcha no se logra nada, que visibilizar no es suficiente, porque sí, es cierto, el solo hecho de marchar, no arregla el mundo, pero si nos hace tomar conciencia en lo colectivo y volver a lo individual, a las acciones, los documentos, los espacios de trabajo, las familias, las parejas, con asignaturas pendientes, urgentes de atender.

Nos despedimos y lo dijimos: quizás todavía no sabemos cómo, pero haber estado ahí, nos va a cambiar a todas.

La marcha del 8 de marzo de 2020, se trató de la grandeza.

#TodasJuntas y #NadaSinNosotras