El tiempo de las catedrales

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Por M. Tuda.

«…vuelve el oído excitado hacia arriba, hacia ella, mientras ella siempre está quieta, en el viejo gabán plegado de sus contrafuertes…» – Rainer Maria Rilke.

Hacer casas donde habite Dios…en este planeta, como en cualquier otro, existe la gravedad; todas las cosas caen por su propio peso, el sueño del hombre siempre ha sido volar, ascender. Desafiar o soltar aquello que lo tiene atado a la tierra. Ascender, un ejercicio que se resume en una línea en sentido vertical, flotar.

Los cuerpos constan de materia, tienen el poder de proyectar sombras, ser afectados por la luz, bloquearla, taparla, esconderla; refugian, asilan. Los cuerpos tienen la función de dar sustancia, los cuerpos se tocan, se ven, tienen un peso. Los cuerpos son sólidos, dan seguridad. Dan placer, transmiten una temperatura, la pierden, la absorben. Un cuerpo puede cambiarse, la ciencia dice que ningún cuerpo (materia) se destruye, sólo se transforma. Los cuerpos están formados a su vez por otro cuerpos; oscuros, luminosos, porosos, lisos, coloridos, líquidos, entrañables, miserables, divinos, pesados. Todos pesados, así como todos hemos de morir… todo cuerpo tiende a caer; tarde o temprano, lleno o vacío, consciente o inconscientemente.

Raras veces logramos desafiar las fuerzas que nos atan a las entrañas del planeta. Cuando corremos, nuestro cuerpo se suspende antes de caer; cuando brincamos parece que burlamos toda ley por unos segundos, antes de tocar tierra.

Cuando amamos, cuando vemos algo que nos excita, cuando algo nos supera, cuando algo nos asusta, los pies están atados, pero el alma se levanta en números indescifrables. La levedad y el peso que habla Milán Kundera, o cuando uno pierde el miedo a morir por amar como describe Hemingway. Sabemos, o creemos saber, que los objetos no tienen alma, que el alma es algo exclusivamente humano.

Hoy, tras haber elegido hablar de las catedrales, me atrevo a decir que el alma es la única fuerza que logra derrotar al peso. El alma, es lo único que no tiende a bajar, sino a subir. Como las flamas, como las voces, como las catedrales.

“En mi vida siempre he necesito los contrastes, de ir de lo pequeño a lo grande. Cuando fui a la catedral de Chartres por medio de callecitas angostas, medievales, que desembocan en esa fachada maravillosa y esas torres, la impresión fue enorme por inesperada…” – Luis Barragán en De la tierra al cielo (2019) de Elena Poniatowska. 

Las catedrales Góticas, como la de Chartes, dan experiencias sensoriales contratantes, como ya lo explicaba Luis Barragán, pero inclusive en las puertas hay contraste. Vemos arcos gigantes, en los cuales habita una pequeña puerta. Nos comprimen el espacio, para después abrirnos el cielo en la Tierra.

La piedra es un material inflexible, pesado, que tiene una propiedad importante: la opacidad. La piedra protege y cuida, aisla y borra toda señal de un pueblo o ciudad, un material que inspira soledad e intimidad, que ama a la oscuridad. Llegan los contrastantes cristales pintados, que tenían la misión de narrar historias a los que no podían leer; de hablar por Dios para aquellos que no entienden palabras.

Qué tan placentera es la luz en plena oscuridad, qué tan alto asciende el alma cuando lo único que percibe es esa luz. La Luz –para los hombres de la edad media – era el lenguaje de Dios.

El cuerpo nos ayuda a percibir los objetos, el alma nos hace disfrutarlos. Hay que ver estas catedrales como un objeto con alma, que tiende a ascender, desde sus proporciones – citando a Mariana Díaz – que nos hacen creer que no están hechas para los humanos. Más que una iglesia, un refugio o un puerto, el cual nos impulsa, para llegar a creer que no nos hace falta un cuerpo.

En estos días los hombres de fe son muy juzgados, pues creer en algo hoy en día es difícil. Sin embargo, los hombres que construyeron las catedrales, nos han demostrado que con fe, uno puede llegar a levantar hasta las piedras.

«…así antaño, desde la oscuridad de las catedrales, grandes rosetones agarraban un corazón y lo arrebataban hacia el interior de Dios.» – Rainer Maria Rilke.