Reelección de 4ª(O del C…qué manera de legislar)

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Uziel Medina

18 de marzo será una fecha que se recuerde, no sólo por tratarse del aniversario de la expropiación petrolera, sino también por uno de los episodios más embarazosos de la historia legislativa reciente de nuestro país, y es que, obedeciendo tardíamente a la reforma política de 2014 que preveía cambios a la LGIPE y la Ley de Partidos Políticos, con 254 votos a favor, 20 en contra y 3 abstenciones, el pleno de la Cámara de Diputados aprobó la reelección de legisladores federales por un periodo de 12 años; esto es, dos consecutivos para Senadores y cuatro periodos consecutivos para Diputados.

Hasta ahí, todo bien. La reelección consecutiva de legisladores es un proceso que, estando sometido al escrutinio de los ciudadanos, permite que haya continuidad en la tarea legislativa, además de que no es algo anormal en las democracias avanzadas. Igualmente, estamos en el entendido de que la reelección ya estaba legislada y solamente faltaba adecuar la debida reglamentación de cara a las elecciones de 2021; ahí viene el problema.

La aprobación de la reglamentaria que aprobaron en Cámara de Diputados tiene varios puntos en su contra, como que esperaron demasiado para llevarla a la discusión, lo que forzó a que fuera justamente antes de cerrar el primer semestre de 2020 cuando se llevara al pleno, sin embargo, se atravesó la contingencia del COVID-19 y con ello, la molestia generalizada por atender lo urgente por encima de lo importante. Otra machita es que, como denunciaron diputados de la oposición al bloque legislativo mayoritario, fue la premura con la que presentaron el borrador del dictamen, apenas una noche antes de la discusión, práctica que ya no es extraña en las entrañas de San Lázaro. No obstante, lo más desconcertante de este atropellado proceso legislativo es el hecho de que los actuales legisladores puedan reelegirse sin dejar el cargo, situación que atenta contra las bases de nuestra democracia.

Dejando muy atrás el hecho de que la revolución maderista, fecundación de nuestro actual sistema político, es antirreleccionista, la realidad es que para toda candidatura se tiene por obligación haberse separado del cargo por un periodo anterior a la elección; este puede ir desde los noventa días (por ejemplo, los elementos activos de las fuerzas armadas), ¡Hasta cinco años! (para el caso de los ministros de culto). Vamos, que la ley reglamentaria que han aprobado los diputados es absolutamente discordante con el resto de la legislación en la materia, provocando un daño profundo a la competencia democrática. Pero ahí no termina el desastre, el hecho de que los diputados y senadores puedan lanzarse por la reelección sin dejar el cargo deja en severa desventaja a los demás cuadros dentro de sus institutos políticos, dado que existiría una contienda asimétrica tanto en recursos financieros, como en movilización, anulando de facto la democracia interna de los partidos políticos.

Otro aspecto importante a considerar es que, según el argumento, la reelección permitiría evitar las amplias curvas de aprendizaje y lograr que el proceso legislativo se desarrolle con estándares aceptables de experiencia, pero, si se trata de la misma manada de “levantamanos” que es incapaz de revisar con detenimiento un proyecto de ley ¿de qué experiencia hablamos? A continuación un ejemplo contundente. El dictamen señala que podrán reelegirse de manera consecutiva los diputados (hasta por cuatro periodos) o senadores (hasta por dos periodos), propietarios o suplentes, pero, si los legisladores propietarios ya no necesitarán separarse del cargo ¿Qué caso tiene la existencia de los suplentes? Esta figura se hace absolutamente innecesaria, toda vez que, si hubiese vacante, la podrían suplir con la lista de plurinominales, pero ni eso pudieron debatir. Resulta aterrador pensar que descuidos así pudieran reproducirse por 12 años.

¿Y los legisladores de oposición que no se presentaron al debate de la reelección? Ellos son igualmente cómplices de este bodrio, pues también se ven beneficiados por esa farsa de reelección sin dejar el cargo. Darse golpes de pecho sin siquiera dar la batalla es de los más viles actos de hipocresía. Una cosa es perder en el campo, otra es ceder el territorio.

Urge que las militancias de todos los partidos rechacen esta medida, que con altura de miras y con elevado valor patriótico hagan frente a los yerros de los abanderados de sus respectivos partidos, en pro de su democracia interna y la del país.

La reelección sin abandonar el cargo es un acto de traición a la democracia.

Sin más, sólo queda retomar las palabras que ya en otro debate ha expresado Don Porfirio Muñoz Ledo “¡C… Qué manera de legislar!”