El Coyoacán que ni Frida Kahlo podría haber imaginado: primera parte

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Por Lupita Mejía Alvarez, Sergio Hernández, Santiago Vázquez.

Las clasificaciones que permiten la ultra personalización, tanto de objetos como de vivencias son un negocio productivo y altamente comerciable. Actualmente estos elementos hablan más de aquel que lo consume o porta, más allá de lo que aquella persona podría decir de sí. Como consecuencia, los espacios también establecen un tipo de experiencia y cuáles son los grupos sociales aptos para vivirlo; la Ciudad de México cuenta con una heterogeneización en sus delegaciones, siendo unas más propensas que otras a recibir turistas en sus calles, siendo este conjunto de personas los “que representan a una sociedad de consumo y constituyen el paradigma del hedonismo contemporáneo” (Oehmichen, pág. 37), visualizados desde la perspectiva económica como los inyectores de fondos que mantienen -en parte- el flujo de efectivo, convirtiéndose en una oportunidad ideal para los empresarios en busca de clientela. 

Uno de los espacios con gran éxito entre el turismo local e internacional es Coyoacán. Delegación típicamente conocida por el tratamiento cultural otorgado, a través de “actividades sociales, comerciales y de esparcimiento con […] tradición histórica y arquitectónica. Aunado a museos, bazares de comida, restaurantes y venta artesanal” (Universidad Nacional de La Plata, pág. 5); a la atracción turística que ejerce el lugar, se ven comprometidas diferencias abismales dentro de su espacio, efectos contradictorios están presentes desde aquellos que lo habitan “la segregación se debe a la existencia de periferias en la zona de Pedregales y los Culhuacanes, donde aquellos con gran poder adquisitivo gozan de mejores beneficios que el resto de la población” (Universidad Nacional de La Plata, pág.7). 

De acuerdo al sociólogo John Urry en el texto The Tourist Gaze, para el turista que busca “autenticidad” lejos de la cotidianeidad que implica su vida, este “peregrinaje representa un viaje para conocer la vida de la otredad” (Urry, pág. 8). Es decir, siente una fascinación por encontrar experiencias mediante las imágenes cotidianas que considera paisajes pintorescos, “el minero de Welsh o el empleado en las alcantarillas francesas” (Urry, pág. 9) son para su ojo, maravillas que no encuentra en su hogar; para los no lugareños de Coyoacán, las  contradicciones sociales y económicas, representan una ventana abierta para conocer el México cultural, detenido en el tiempo que se les ha prometido. 

Ante esto, establece Urry,  las actividades cotidianas pueden ser aprovechadas para construir escenarios artificiales con la finalidad de evitar la total intrusión de aquellos que no pertenecen a su círculo social o familiar y de paso, generar ganancias; entre los comerciantes ambulantes de Coyoacán establecidos en el espacio público, uno de los grupos de mayor número y presencia en la delegación, son los artesanos del Tianguis Cultural de Artesanías quienes “por décadas han logrado la venta legitimada por turistas de clase media y media alta […], gracias a la cooperación de consumidores, los comerciantes se identifican como parte del código cultural y elemento esencial dentro del espacio turístico” (De la Garza, pág. 127). 

Por lo tanto, una de las actividades esenciales que congregan turistas y se establece como un punto importante de compra-venta, son las artesanías. Los comerciantes conocidos por ser “herederos del movimiento de contracultura mexicano” expresado mediante el rescate de elementos autóctonos y en concordancia con la recuperación del indigenismo en el arte (De la Garza, pág.135). Para aquel turista en búsqueda de lo exótico, “en forma de curiosidad condescendiente” no queda más que ofrecer una “experiencia sencilla, fácil de entender e inmediata” (O’Rourke, pág. 7), en este caso, el simbolismo de la artesanía adquirida a bajo costo y sin necesitar comprender el mensaje que trae consigo, puesto que “el artesano lee sobre la espalda de los arqueólogos, es decir, sobre la espalda del turista que lee al guía, que a su vez lee al arqueólogo, que también lee al turista”. (Oehmichen, pág. 43). 

Conforme a un artículo publicado por el periódico Reforma, algunos comerciantes de Coyoacán inclusive han optado por la venta de productos “de origen asiático […] en una competencia, que significa un precio evidentemente menor e implica más ganancia para el vendedor” (Reforma, 2019). En una sociedad de consumo como la que se vive, los mecanismos se han visto modificados. Para Urry “el movimiento del Fordismo hacia el Postfordismo trae consigo patrones individualistas  (Urry, pág. 13), con los cuales el turista no siente aflicción ante lo que compra, incluso si -como en el ejemplo anterior- ni siquiera ha sido producido por el propio artesano, pero se contenta con la gratificación que le causa una experiencia de compra local en Coyoacán, y posiblemente el conocimiento de haberlo obtenido a un precio accesible, estableciendo que ese producto ahora le pertenece únicamente a él. 

De acuerdo a las leyes de capitalismo, en orden para satisfacer […] la demanda de ocio, ésta debe ser promovida y totalmente creada para que el negocio continúe” (O’Rourke, pág. 5). Los personajes distintivos de la delegación, sirven también para este propósito comercial y de atracción foránea, los cuales han sido catapultados como parte de las actividades a conocer y su legado como un espacio con el cual interactuar. El caso de Frida Kahlo, y del que fue su hogar -la Casa Azul- ahora convertido en museo, supone un “souvenir cultural” en donde además de un recorrido por las habitaciones y recreación de la cotidianeidad de la pintora, se ofrecen artículos decorativos, donde para el turista existe “una fascinación por el objeto […] para evadirse de la realidad en la que se encuentran, viajando a distintas culturas y épocas”. De acuerdo con  el docente Héctor Ayala, y su definición sobre las condiciones para que un producto cultural pueda trascender a ser parte de un verdadero “turismo cultural” se requiere que el acceso al espacio temporal sea sencillo y estructurado para que el sistema de oferta demanda pueda introducir el turismo a la cultura (Ayala, 2010, pág 6). En este caso, la Casa Azul ha sido preparada con todas las amenidades que cualquier turista necesita para que su visita sea rápida, placentera y que lo invite a llevarse algo de ésta a su vitrina.  La pintora “establecida como figura bohemia y revolucionaria, es tratada ahora como un producto de mercadotecnia turística, que motiva el consumo y a la vez, crea identidad” (Marco, 2018, pág. 17-18). Para John Tomlinson, Coyoacán podría ejemplificar lo que él denominaba “la estandarización de versiones exportables de cultura […] en lugar de destruirlas -de manera contradictoria- la globalización ha sido una fuerza participatoria en proliferar identidades creadas” (Tomlinson, pág.270).

Siendo una de las atracciones principales de la delegación, la figura de Kahlo es para el ojo no local un símbolo del “inconformismo cool, donde el verdadero significado detrás del discurso es omitido e integrado al sistema” ( Marco, 2018, pág. 16).  

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