La migración kazaja de primavera: segunda parte

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Por Erik Strevel.

La migración comenzó a las 6 de la mañana del día siguiente. El cielo era espectacular; sin una sola nube, pero con un frÍo que calaba hasta el alma. Ese día nos levantamos a menos 32 grados Celsius. Me monto al caballo que me habían asignado y, a través de mímica, Bolat y su hijo mayor Mustafá me explicaban cómo iba a ser la dinámica de la migración. En ese instante, la intérprete que había viajado desde la capital de Mongolia hasta esas instancias, se negó a acompañarme, así como el conductor. La razón principal era porque las condiciones climáticas indicaban que iba a ser inhumano poder sobrevivir. Yo ya había hecho el viaje desde la otra mitad del mundo a ese punto donde yo sabía que tenía que documentarlo. Me negué a rendirme y acepté, tanto a mi conductor como a mi intérprete, que se retiraran y nos encontráramos cada 20 a 25 kilómetros durante la marcha de mi migración, si es que los caminos permitían tal encuentro. Al montarme en el caballo, entendí que sólo íbamos a hacer Mustafá y yo; esto representaba que entre dos personas (una de ellas de 19 años y yo de 29 años) moveríamos cerca de 450 animales, entre caballos vacas, yaks, borregos y cabras.

Iniciamos la migración sobre una planicie muy cómoda y justo antes de entrar al famoso corredor de Hovd. El río en el cual íbamos a caminar cerca de 80 kilómetros, es el río Hovd y el cual se mantiene congelado durante los meses de la migración; esto hace que los nómadas busquen andar sobre él lo más posible, evitando sortear las complicadas colinas de los Montes Altai. Sin embargo, el mismo corredor de Hovd carga con la reputación del viento que sopla desde Siberia Central hasta esa parte, que es la salida del corredor a la frontera norte de China; justo hacia donde nos dirigíamos.

A la primer media hora la migración, yo siendo asignado como la persona que iba a estar en la parte trasera de la migración moviendo a los animales enfermos o débiles, me empecé a cuestionar por qué estaba yo ahí y por qué tendría que resistir temperaturas que bajarán hasta los menos 39 grados Celsius. El cuestionamiento sobre decisiones que pensabas que no te causarían dolor y, sin embargo, estás atrapado y sin regreso a la seguridad. Esa era (sin saberlo aún) la antesala de mi metamorfosis.

A las 2 horas de iniciada la migración y ya sobre el corredor de Hovd, nos tuvimos que mantener por más de hora y media totalmente parados, volteando a ver a los animales; todos resistiendo al viento insufrible que pegaba en nuestras caras. Nunca olvidaré el momento en el que regresé la mirada hacia atrás, mientras sostenía muy fuertemente mi caballo; tenía cerca de 8 capas de ropa y vi un paisaje de dos montañas, junto a un río congelado como parte de una brecha. Al voltear al frente encontré exactamente lo mismo que veía a mis espaldas.

Tenía que confiar en un chico de 19 años con el cual no podía comunicarme, ya que él hablaba kazajo y yo inglés. Tu vida depende de alguien que no conoces y que, además, tiene una misión la cual no es mantener tu vida a salvo, sino la de 450 animales. Sentí la debilidad, fragilidad, y vulnerabilidad de mi persona frente a la inmensidad de la naturaleza. Después de resistir los fuertes vientos, seguimos avanzando y encontramos cadáveres de otros animales que habían muerto durante la migración en los pasados días, devorados por los lobos y los zorros, los mismos que nos siguieron durante los seis días de la migración. Esta fue la razón por la cual esa zona del mundo se convirtió en El Valle de la Muerte. Para las cuatro o cinco de la tarde, empieza a bajar la temperatura y el viento incrementa; los animales comienzan a vencerse. Teníamos que llegar al refugio lo antes posible o de lo contrario podríamos estar expuestos a enfrentarnos con una tormenta de nieve y morir.

En los últimos momentos del primer día, tuve mi primera experiencia con la muerte. Un potro intenta subir una colina pequeña junto con su madre para poder seguirnos el paso. Yo, desde atrás, encargado de ayudar a los animales a moverse, vi como este potro colapsó y cayó unos metros hacia abajo, sin poderse mover. Mi primera reacción fue gritarle a Mustafá para alertarlo y buscar alternativas para ayudarlo. Mustafá regresó y me indicó que mantuviera el paso lento, pero firme, de los demás animales, mientras él cargaba la parte trasera del potro para motivarlo a seguir. El animal subió la colina, pero al momento de llegar, se colapsa y vence. Su madre, desesperada, lo mordía; lo lamía, se inquietaba y los demás caballos se acercaban a oler al pequeño que estaba en sus últimos momentos de vida. El simple acto de la muerte no fue lo único que causó un escalofrío en mi cuerpo, sino el momento donde Mustafá volteó a verme y me dijo que debíamos continuar. Yo, por ende, era el responsable de usar el fuete para hacer mover a su madre y abandonar a su hijo. La vida le jugaba mal a quienes pertenecían a ese elemento, entonces, ¿qué me podría esperar a mí?