Michoacán: la violencia que no termina

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Quizá uno de los epitafios de Michoacán se escribió cuando a Luisa María Calderon, hermana del entonces presidente Felipe Calderón Hinojosa, contendió en 2011 por la gubernatura de Michoacán y perdió contra el priista Fausto Vallejo. A ella se le acusó de tener vínculos criminales con Servando Gómez Martínez «La Tuta» exlíder de la Familia Michoacana, a quien supuestamente le habría pedido apoyo en su campaña.

El siguiente vino cuando Vallejo dejó la gubernatura en 2014 por «problemas de salud». Sin embargo, se renuncia ocurrió también en el contexto del escándalo por la difusión de una fotografía en que aparece su hijo, Rodrigo, en compañía de «La Tuta», líder del cartel de Los Caballeros Templarios.

Han pasado casi más de diez años en que Calderón convirtió a Michoacán en la punta de lanza de su lucha contra el crimen organizado. Varios grupos del crimen organizado se han peleado distintas plazas. Sobre todo la del puerto de Lázaro Cárdenas, clave para la importación y exportación de químicos que permitan la fabricación de drogas de diseño. Las distintas estrategias han resultado fallidas. Un Estado con una gran riqueza gastronómica, cultural y económica (no por nada es la cuna del aguacate, mejor conocido como el Oro Verde), ha quedado en medio del fuego cruzado de pugnas políticas.

La realidad es que ni el PRI, ni el PRD y, ahora, ni Morena, han acertado con un diagnóstico ejecutable para remediar la situación de violencia que se vive. Dos masacres en menos de un mes. La primera en San José de Gracia en la que un comando asesinó al estilo marcial, con paredón incluido, a un número indeterminado de personas. Se habla de entre 15 y 20. Y es que las autoridades locales son omisas o tienen órdenes de no dar a conocer lo que sucedió. Luego, en un palenque en Zinapécuaro 19 personas fueron ultimadas en un palenque clandestino.

Michoacán hoy se disputa entre el Cártel Jalisco Nueva Generación y la Familia Michoacana, quienes se declaran legítimos ocupantes y dueños de «su región». A decir de las autoridades ese es el motivo de la escala de violencia de los últimos meses. La respuesta del actual gobernador, Alfredo Ramírez Bedolla, ha pasado desapercibida. En el inicio de su gestión dio un campanazo, que terminó resultando mediático, mostrando la casa blindad en la que vivió su antecesor, Silvano Aureoles, quien fue señalado en múltiples ocasiones por desviar recursos del erario. Pero todo quedó ahí: en columnas e investigaciones que, hasta el momento, no han llegado a manos de un juez.

No hay una guerra declarada. Pero desde hace más de una década hay un éxodo que no para. Regiones intransitables e inhabitables.

A diario se escriben epitafios por decenas en Michoacán. A pesar de eso, le gente resiste. El michoacano sabe que parar sería otorgar. Se levantan a pesar del cobro por derecho de piso. A pesar de los secuestros y comercios incendiados. Termina el novenario y siguen con lo suyo.